Estas
son las lágrimas más amargas. Con las que dejas de comer y de hablar o dormir. Con las
que te llenas de silencio.
Tu
agónica respiración intermitente acaba por desaparecer como siempre hace.
Y te unes sin remedio a los alaridos eternos de
tu mente.
La
angustia forma una trampa en tu garganta y quedas paralizada sin saber
cuánto va a durar.
¿A
quién le importa cuánto sufres? ¿Sabe algo
alguien de ti? ¿Cambiará algo alguna
vez?
Pero,
lo que más te cuestionas, día tras día, es si podrás o no esconderte de ellos mientras persisten sin descanso en
llevarte a la tumba de una forma violenta y continua.
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