(Sólo para locos)

Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas. Ahora bien, conmigo se da el caso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad precisamente esta semisatisfacción, que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por la senda de los placeres y también por necesidad por el camino de los dolores. Cuando he estado una temporada sin placer y sin dolor y he respirado la tibia e insípida soportabilidad de los llamados días buenos, entonces se llena mi alma infantil de un sentimiento tan doloroso y de miseria, que al dormecino dios de la semisatisfacción le tiraría a la cara satisfecha la mohosa lira de la gratitud, y más me gusta sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura de estufa. Entonces se inflama en mi interior un fiero afán de sensaciones, de impresiones fuertes, una rabia de esta vida degradada, superficial, esterilizada y sujeta a normas, un deseo frenético de hacer polvo alguna cosa, por ejemplo, unos grandes almacenes o una catedral, o a mí mismo, de cometer temerarias idioteces, de arrancar la peluca a un par de ídolos generalmente respetados, de equipar a un par de muchachos rebeldes con el soñado billete para Hamburgo, de seducir a una jovencita o retorcer el pescuezo a varios representantes del orden social burgués. Porque esto es lo que yo más odiaba, detestaba y maldecía principalmente en mi fuero interno: esta autosatisfacción, esta salud y comodidad, este cuidado optimismo del burgués, esta bien alimentada y próspera disciplina de todo lo mediocre, normal y corriente.

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mardi 28 août 2012

I

El latido del libro. La primera mirada al despertar. Los kilómetros secretos. Hacer equilibrismos con extraños. La sacudida que se clava en la columna. Bailar con (y ante) la luna. Las gotas que se sostienen perezosas en la piel después del baño. La maniática mirada de la última palabra escrita. El olor del césped recién cortado a primera hora de la mañana. La velocidad de la luz atravesando la pupila. Leer entre líneas. Extender lo corpóreo en la cálida playa invernal. Observar atentamente los acordeones callejeros. Sentir por entero el viento. El contraluz fotográfico. El hambre de vida. Encontrar otro parpadeo simultáneo. Analizar la forma de las ramas de los árboles. Las pestañas después de soplarlas junto a tus sueños. El crujido del hielo combinado con el de tus huesos. La danza de la muerte con las hojas del otoño en el suelo.

La máscara sin nombre y con dueño.

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