(Sólo para locos)

Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas. Ahora bien, conmigo se da el caso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad precisamente esta semisatisfacción, que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por la senda de los placeres y también por necesidad por el camino de los dolores. Cuando he estado una temporada sin placer y sin dolor y he respirado la tibia e insípida soportabilidad de los llamados días buenos, entonces se llena mi alma infantil de un sentimiento tan doloroso y de miseria, que al dormecino dios de la semisatisfacción le tiraría a la cara satisfecha la mohosa lira de la gratitud, y más me gusta sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura de estufa. Entonces se inflama en mi interior un fiero afán de sensaciones, de impresiones fuertes, una rabia de esta vida degradada, superficial, esterilizada y sujeta a normas, un deseo frenético de hacer polvo alguna cosa, por ejemplo, unos grandes almacenes o una catedral, o a mí mismo, de cometer temerarias idioteces, de arrancar la peluca a un par de ídolos generalmente respetados, de equipar a un par de muchachos rebeldes con el soñado billete para Hamburgo, de seducir a una jovencita o retorcer el pescuezo a varios representantes del orden social burgués. Porque esto es lo que yo más odiaba, detestaba y maldecía principalmente en mi fuero interno: esta autosatisfacción, esta salud y comodidad, este cuidado optimismo del burgués, esta bien alimentada y próspera disciplina de todo lo mediocre, normal y corriente.

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jeudi 19 juillet 2012

Amarcord

¿Dónde se vende el manual para lidiar contra los monstruos de otro? (ni siquiera controlo los míos.)

El silencioso nivel donde se sitúa es tal que ni siquiera soy capaz de hacerle ver desde esta otra orilla que la máquina se ha detenido, que el saco se ha roto otra vez. Hay que comenzar de nuevo, hay que repararlo. Desconozco donde están las instrucciones. Tal vez las encuentre en otro idioma. No funcionará; necesito que sea en el suyo. (li)

He intentado e intento cada segundo luchar y no perder. He procurado subir incluso cuando no había escaleras, he tratado de respirar el mismísimo veneno. Bien sabe el que sabe algo que le respeto, por encima de cualquier ser que intente acercarse a mí de aquí al final de los tiempos. Está por encima de todas las mentes, por encima de todas las inteligencias. Me ha enseñado el don de distinguir las sustancias pero lo que nunca me ha confesado es como puedo  combatir su propia introversión, esa que es tan fría que con el solo roce produce quemaduras de infinitos grados.

Si son necesarios nuevos incendios no me preocupa, ya ardo desde hace algún tiempo. La cuestión es que no se niegue a usar la máscara. Ayer cuando le hablaba de ella me confesó que jamás la había utilizado. Y lo que es peor: desconocía que la tuviese o que debiera tenerla. ¿Y qué se supone que debo yo hacer ante semejante ruina? Llevo en este teatro demasiados años y no me acostumbro a la idea de que exista el que jamás haya pisado el escenario. 

En estos instantes, suplico que alguien me señale donde se marcharon aquellos que decidieron perderse para nunca más volver. Pero nadie puede oírme, nadie sabe.

Creo que esta noche tampoco yo me iré a dormir.

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