Nacido en 1908 en Chanteloup, a varios kilómetros del París vivo de principios del pasado siglo, Henri Cartier Bresson convertiría la fotografía en arte y el arte en vida. Es el fotográfo de los fotográfos. Antes de su vigésimo cumpleaños, abandona los estudios para entrar en el taller del pintor André Lhote, donde frecuentó a los surrealistas. A los veintidós años marcha para Costa de Marfil, pero, menos de un año después, una fiebre tropical le obligaría a regresar a Paris, donde descubriría como yo misma, el amor por la fotografía. Se compra una Leica y junto a André Pieyre de Mandiargues viaja por Europa especialmente por Francia, España e Italia y más tarde México.
Ejerce una práctica de la pintura fotográfica captando el que llamaría instante decisivo.
En los años 30, se interesa por el cine en Nueva York estudiando con Paul Strand y de regreso a Francia se convierte en ayudante de Jean Renoir. Publica un book y no pasa inadvertido: colabora en el rodaje de La vie est à nous (1936), Un día en el campo (1936) y La regla del juego (1939). El cine le atrae y apasiona y comienza 1936: la Guerra Civil española y la amenaza del fascismo italiano y alemán le llevan a realizar Victoria de la vida (1937) sobre el frente republicano español y España vivirá (1938). Es preso los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial y enviado a un campo alemán de donde consigue escapar después de dos intentos infructuosos. De nuevo en París, se une a la Resistencia en 1943. Vuelve al cine en 1945 con Le retour, sobre la liberación de los deportados y se acaba consagrando en la exposición que el MoMA de Nueva York en 1946.
En 1947, con Robert Capa, David Chim Seymour, George Rodger y William Vandivert funda Magnum Photos. Se ha dicho que Capa convenció a Bresson para que no fuese catalogado como fotógrafo surrealista, sino como periodista que abre la mirada la realidad y da cuenta de los cambios producidos en el mundo. Los fundadores de Magnum crearon un círculo cerrado de virtuosos únicos en su género inaugurando una nueva manera de entender la fotografía: los autores son los propietarios de sus imágenes y de sus negativos y, sobre todo, decidirán ellos mismos los reportajes que desean hacer.
Bresson escoge Oriente y viaja a la India, Birmania, China e Indonesia. Luego regresa a Europa y posteriormente viaja a EEUU y México siempre en momentos importantes: en la India con la muerte de Gandhi, en China, durante el triunfo de Mao, en la URSS al lado de Jruschov y todo esto antes que los demás.
En 1952, su primer libro: Images à la Sauvette (Editions Tériade) cuya cubierta realiza Matisse, se convierte de inmediato en una obra de referencia. Nace el instante decisivo: la fotografía debe ser capaz de atrapar la vida por sorpresa, en su despertar, y las imágenes han de fijar esos instantes en los que el mundo parece organizarse según un encadenamiento de formas precisas, lleno de sentido, en suma, perfecto.
Para el ojo del siglo es el carácter inmediato del instante fotográfico donde se produce el milagro de la comprensión de esta realidad que nos consume a todos.
En 1974 regresa al dibujo aunque continua interesándose activamente por la fotografía a través de retratos y paisajes.
En 2002, con su mujer, Martine Franck, su hija Mélanie y su fiel editor Robert Delpire, el artista decide crear en Paris la fundación Henri Cartier-Bresson, dirigida actualmente por Agnès Sire.
En 2004 el telón se bajó para siempre cerrando el ojo del siglo y abriendo la rosa fotográfica del mundo gracias a su obra.
Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas. Ahora bien, conmigo se da el caso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad precisamente esta semisatisfacción, que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por la senda de los placeres y también por necesidad por el camino de los dolores. Cuando he estado una temporada sin placer y sin dolor y he respirado la tibia e insípida soportabilidad de los llamados días buenos, entonces se llena mi alma infantil de un sentimiento tan doloroso y de miseria, que al dormecino dios de la semisatisfacción le tiraría a la cara satisfecha la mohosa lira de la gratitud, y más me gusta sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura de estufa. Entonces se inflama en mi interior un fiero afán de sensaciones, de impresiones fuertes, una rabia de esta vida degradada, superficial, esterilizada y sujeta a normas, un deseo frenético de hacer polvo alguna cosa, por ejemplo, unos grandes almacenes o una catedral, o a mí mismo, de cometer temerarias idioteces, de arrancar la peluca a un par de ídolos generalmente respetados, de equipar a un par de muchachos rebeldes con el soñado billete para Hamburgo, de seducir a una jovencita o retorcer el pescuezo a varios representantes del orden social burgués. Porque esto es lo que yo más odiaba, detestaba y maldecía principalmente en mi fuero interno: esta autosatisfacción, esta salud y comodidad, este cuidado optimismo del burgués, esta bien alimentada y próspera disciplina de todo lo mediocre, normal y corriente.
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