(Sólo para locos)

Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas. Ahora bien, conmigo se da el caso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad precisamente esta semisatisfacción, que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por la senda de los placeres y también por necesidad por el camino de los dolores. Cuando he estado una temporada sin placer y sin dolor y he respirado la tibia e insípida soportabilidad de los llamados días buenos, entonces se llena mi alma infantil de un sentimiento tan doloroso y de miseria, que al dormecino dios de la semisatisfacción le tiraría a la cara satisfecha la mohosa lira de la gratitud, y más me gusta sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura de estufa. Entonces se inflama en mi interior un fiero afán de sensaciones, de impresiones fuertes, una rabia de esta vida degradada, superficial, esterilizada y sujeta a normas, un deseo frenético de hacer polvo alguna cosa, por ejemplo, unos grandes almacenes o una catedral, o a mí mismo, de cometer temerarias idioteces, de arrancar la peluca a un par de ídolos generalmente respetados, de equipar a un par de muchachos rebeldes con el soñado billete para Hamburgo, de seducir a una jovencita o retorcer el pescuezo a varios representantes del orden social burgués. Porque esto es lo que yo más odiaba, detestaba y maldecía principalmente en mi fuero interno: esta autosatisfacción, esta salud y comodidad, este cuidado optimismo del burgués, esta bien alimentada y próspera disciplina de todo lo mediocre, normal y corriente.

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mardi 25 septembre 2012

la insoportable levedad del ser

LLuvia.

el arrepentimiento se ha sentado a tu lado mientras tu perpetua mirada cruzaba la ventana.

te giras. te posicionas de manera superficialmente armónica. 

ahora ya le miras a los ojos, sientes su aliento. está tan cerca que al final decides trazar una frontera invisible entre ti y sus pertenencias por miedo a que la invasión sea demasiado violenta, demasiado agresiva, por miedo a no saber sobrellevar la habitual carga con la que disfruta obsequiándote una y otra y otra vez más de un modo equilibrado y perfecto.

y sí. consigue al final que te sientas incómoda. consigue que el nerviosismo roce tus átomos haciendo notar tu insignificancia ante los mundos 
y sobre todo
consigue que la inquietud te quite el sueño entretanto que tú misma te rindes ante el coma de la insoportable levedad del ser.

al menos he vuelto y de forma intensa a drogarme con las palabras y la ficción.


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